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domingo, 5 de agosto de 2012

La tentación de la carne


El martes 13 de agosto tengo mi control de los primeros tres meses, después de la quimioterapia.

Desde hace una semana vengo experimentando todas las formas de somatización de mis temores y ansiedades. Me dio diarrea sin razón aparente, se me rajó la comisura de los labios y, lo peor de todo: tengo un cansancio infinito. Hay días que siento que, si no me echo a mi cama, me caigo. Y, sin más me desplomo y me desconecto del mundo por un par de horas, con el televisor encendido, o un buen libro caído de las manos.

Tal vez haya abusado de mi buena condición física. Primero me fui a Ayacucho, en un viaje relámpago de tres días pero por carretera. Luego vinieron las fiestas Patrias, de ahí me puse al día con la feria de Libro y fui en tres oportunidades a recorrerla de un extremo a otro.

Como estoy haciendo dieta vegetariana, tal vez haya descuidado la alimentación, una cosa es no comer carne y otra nutrirte con lentejas, frejoles, quinua y demás. Yo he estado comiendo causa, arroz chaufa, fideos, en fin… Creo que me he descuidado y mi hemoglobina ha bajado.

¿Y cómo sé que me he descuidado? Porque reconozco esta debilidad. Hasta tengo ganas de comerme una hamburguesa o una carne a la parrilla. Ayer no aguanté. La situación era extrema. Había llegado de un encuentro con niños en Pachacámac y tenía que recuperar fuerzas porque tenía un matrimonio por la noche. Entonces, me debatía entre no pecar pero seguir débil o pecar y recuperar mis fuerzas. 

Rápidamente, cedí ante la tentación de la carne y me despaché un Lomo a lo Pobre (que vino con arroz, papas fritas, un plátano frito y un huevo frito). Para no dejar huella me terminé la carne y el huevo rápidamente y dejé la parte vegetariana para el final, como si mi médico fuera a aparecer en cualquier momento a hacerme un ¡ampay!

Hoy he vuelto a las lentejas y acabo de tomarme una especie de ponche de quinua con manzana. Espero sentirme mejor y que de aquí al martes, (es decir, en dos días) mi hemoglobina suba, porque sino ya me imagino a mi oncólogo resondrándome por lo de la dieta vegetariana. ¡No quiero ni imaginármelo!


Señor, gracias por los alimentos nutritivos que pueden recuperar nuestro estado de salud mágicamente. Gracias por la quinua, las lentejas, los frijoles, los espárragos, las betarragas y las frutas secas.

miércoles, 11 de abril de 2012

Amo mi peluca


Hace un par de semanas salí del país por unos días, tenía un compromiso ineludible en los Estados Unidos. La fecha fue más que providencial, coincidía con la tercera semana de tratamiento, es decir con la semana en que tengo energías. No obstante estaba nerviosa.

El mismo día del viaje, mi oncólogo me recibió para revisar mis análisis, la hemoglobina estaba en 11 y los leucocitos en 4,000. “Todo bien”, me dijo, “puedes viajar”. Yo iba a viajar de todas maneras con mascarilla, tal vez con las defensas reforzadas por alguna vacuna o algo así. Pero no fue necesario.
Saber que al día 11 del tratamiento, en que se supone que tu cuerpo está al nivel más bajo de defensas, te digan que no estás tan mal me dio mucha fuerza para salir a cumplir con lo mío. Me fui feliz, orgullosa, sintiéndome fuerte –increíblemente fuerte.

Llevé una maleta pequeña y un bolso de mano tal vez más grande. Ahí llevaba todo lo importante: mi notebook, el cargador, las copias de mi ponencia, las cartas de invitación por si los gringos se ponían pesados, mis joyitas, mis medicamentos y, por supuesto mi peluca.

Había decidido viajar cómoda y además cuidar de mi nueva cabellera. Estaba recién peinada y yo no quería que los rulos naturales llegaran aplastados ¡De ninguna manera!

Pregunté si había que declarar la peluca por temas de seguridad, me dijeron que no, así que la empaqueté bien para que no se chancara y ¡listo!!

El personal de aduana en Lima fue muy discreto, me hicieron sacar todo, hasta la correa pero no el pañuelo que llevaba en la cabeza. Una oficial me palpó discretamente y al comprobar que no había pelo ni paquetes de droga ocultos bajo mi pañuelo turbante me dejó pasar sin problemas.

Confieso que esto de viajar con un pañuelo que te cubre la cabeza me dio una seguridad singular en lo que respecta a higiene, me sentía protegida: de piojos, microbios o lo que fuera (al final siempre me da asco apoyar mi cabeza donde otra persona ha tenido la suya durante horas).

Cuando llegué a mi destino la seguridad del aeropuerto se desquitó a gritos contra mi pañuelo y mi sangre latina. “¡MOM!!!! ¡MOMMM!!!”, gritaba el afroamericano. No me palparon el cráneo porque tienen un sistema de rayos X que te ven desnuda completamente. Felizmente mi peluca paso desapercibida en la maleta de mano y seguí mi camino.

Una vez ubicada en el hotel acomodé mi preciada cabellera en lugar preferencial y solo la usé el día de mi presentación. Así descubrí que con peluca no me reconocen o  con pañuelo no me reconocen, somos dos personas distintas. Bueno, la peluca  iba acompañada de ropa formal, detalle importante, valgan las verdades.

De vuelta a Lima, tuve que hacer trámites notariales casi de inmediato y ahí estaba mi peluca lista para ser usada. Una obra de arte ready-made (como decían los vanguardistas) pero mutante, porque la peluca será la misma, pero los rulos nunca se ven iguales.
Ayer tuve un compromiso y nuevamente me enfundé mi peluca. La peiné un poco y aunque rebeldes, sus rulos nunca son tanto como mi pelo original. En ese momento caí en cuenta que la peluca es una bendición. No me tengo que teñir las canas y  me hace lucir más joven porque desde mis tempranos treintas nunca he tenido tanto volumen de cabello.


Señor, bendice a las peluqueras que se queman los dedos tratando de darle mayor naturalidad a los rizos de mi peluca. Dales larga vida y una buena jubilación porque se lo merecen. Mi peluquera, mi confidente. Ella misma la lava, la seca, la prepara y me da ese look libre que hace que pueda sacarle más puestas que los peinados que con tanto esfuerzo lograba sobre mi pelo natural. Si supiera que la llevé escondida en la maleta, me mata.

Gracias, Señor por todas tus bendiciones.