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domingo, 7 de julio de 2013

No estoy de vacaciones

Ya han pasado 40 días de mi última sesión de quimio y mi cuerpo ha empezado a recuperarse. Tomen nota, dije “empezado”, he iniciado un largo proceso de volver a ser la misma de antes.

Esta etapa es dura, porque una quiere hacer todo como si ya estuviera bien, es decir normal, pero  el cuerpo todavía no responde.

El lunes pasado, por la mañana hice mis 30 minutos diarios de caminata (recién empecé…), al medio día estaba languideciendo sin saber por qué, hasta que recordé que había hecho ejercicio. Por la tarde fui un rato al banco y me puse zapatos con taco. Por la tarde tenía un dolor de pantorrillas como si hubiera ido al gimnasio y hubiera hecho 2,000 ranitas. Mis músculos han perdido totalmente su tono y su flexibilidad. Hasta estar sentada en una silla me cuesta trabajo. De rato en rato tengo que recostarme, lo hago en un sillón porque recostarme en mi cama me parece demasiado.

Lo de la natación lo estoy postergando un poco porque realmente me asusta lanzarme al agua en mi estado físico actual. No sé si resista más de 10 minutos nadando ni  quiero imaginar el dolor de cuerpo que me puede ocasionar después.

Estoy evitando que la gente me vea, sobre todo la gente de mi trabajo porque empiezan a preguntarme ¿cuándo te reincorporas? Y yo me pongo de mal humor porque yo aún estoy con descanso médico, NO ESTOY DE VACACIONES.

Los entiendo, es fácil confundirse. Es cierto, yo misma me miro en el espejo y me veo bien, un poco más gordita, pero con la peluca y maquillada se me ve bien. Hace unos días me encontré con una amiga y me preguntó qué estaba haciendo porque mi piel estaba mejor que nunca. Llegamos a la conclusión que debe ser por el extracto verde, es decir por la clorofila que estoy tomando. Ella se quedó tan impresionada que me pidió la receta para empezar a tomar el extracto de perejil, acelga brócoli y zanahoria. Sin duda este extracto está haciendo efecto en mi nutrición. 

Después de haber estado cinco meses con diarreas continuas, ahora sí debo estar asimilando los nutrientes. Además del extracto estoy agregando germinados de alfalfa  y de espinaca a mis ensaladas, y además tomo dos veces al día las cápsulas de calcio, magnesio y zinc. ¡Me voy a poner como Popeye!!

Pero para ser la misma de antes, además de bajar los 7 kilos que he ganado, tengo que recuperar mi cabellera, mis cejas y mis pestañas. Mi cuero cabelludo está cubierto de una pelusa, pero no totalmente, hay partes desérticas y ya deberían estar cubiertas. Estoy aplicándome una loción capilar de Quina, que dicen es milagrosa. Espero que realmente lo sea.

Este tiempo de convalecencia, llamémoslo de “no vacaciones”, también me sirve para poner las ideas en orden. Mientras estaba en el tratamiento solo pensaba en qué día iba y si estaría bien para que me pongan la siguiente quimio. Ahora las preocupaciones son otras. Yo necesito recuperar mis fuerzas y luego irme de verdaderas vacaciones.



Gracias, Señor por la capacidad de recuperación del organismo que nos has dado, gracias por los extractos milagrosos y tu red de sanadores. Gracias también por el gran apoyo que recibo de mis médicos, mi familia y mis buenos amigos. Bendícelos a todos ellos.

sábado, 1 de junio de 2013

Recién graduada

El jueves pasado celebré mi “graduación”, es decir el fin de mi quimioterapia. Gracias al apoyo de mi hermana me animé a celebrarlo y realmente fue una buena idea.

Al terminar mi hidratación se reunieron en la sala de quimio todas las enfermeras y auxiliares, para brindar y compartir; hasta mi oncólogo llegó para la foto. Fue un momento emocionante porque, como dijo mi hermana, celebramos haber llegado a una meta: cumplir los seis ciclos de quimio. Algo que a mí me parecía muy difícil. También hablaron de la valentía que implicaba seguir el tratamiento y de mi alegría y buen ánimo en todo momento.

Estos discursos rompieron el hielo y al rato los ocho pacientes que estábamos en la sala estábamos charlando, compartiendo y riendo.

Cuando me despedí, me fui contenta de haber culminada esta etapa con éxito y  satisfecha porque los demás pacientes se quedaron más animados y motivados a seguir adelante. Una señora me dijo “eres la primera persona que conozco que ha terminado su tratamiento y está tan bien…” ese sí que fue un piropo.

La graduación es un acto simbólico, el proceso de la quimio sigue con sus efectos: la diarrea y el cansancio. Solo que como ya sé que es la última sesión, lo tomo con mayor naturalidad.

Ahora, empieza otra etapa. Debo concentrarme en recuperarme. Preocuparme un poco más por mi alimentación y hacer ejercicio. Poco a poco este primer mes hasta la cita del 21 de junio, en que me evaluarán con una resonancia magnética y análisis de sangre. Ese día confirmaremos que todo este esfuerzo ha valido la pena. De ahí en adelante ya será otra historia.




Señor, gracias por las celebraciones que nos levantan el ánimo y alientan el espíritu.

martes, 14 de mayo de 2013

Del banco, la perra y la peluca


Ayer, avanzada la tarde, me doy cuenta que tengo que pagar mi tarjeta de crédito y ya no  lo puedo hacer vía online, así que me alisto para ir al banco que queda a tres cuadras y hacer el pago en el cajero automático.

Como estoy deportiva con buzo y zapatillas me animo a llevar a la perra conmigo. Aprovecho para que se pasee, pienso.

Enrumbo al banco, la perra camina obediente hasta que a unos pocos metros de mi objetivo se dispone a hacer sus necesidades. ¡Oh, no!!! Si mayores reparos deja un regalito enorme sobre la acera. 
Felizmente estaba preparada y tenía dos bolsas en mi cartera. Me agacho para recoger sus heces y me olvido que llevo puesta la peluca. Estoy en plena faena de recojo cuando la perra se suelta, me incorporo de un salto y me lanzo sobre la correa que se alejaba cada vez más de mi. En ese momento siento que con el impulso la peluca ha dado un brinco en mi cabeza y ha caído por donde ha querido.

Cuando logro levantarme el pelo me cae sobre la frente sin raya ni forma. Tengo las manos ocupadas con la correa de la perra y la bolsa con el recuerdito. Trato de mirarme en el vidrio de las ventanas del banco, no llego a distinguir nada.

Ya en el banco no me queda otra que dejar a la perra afuera, enganchada en la reja, entro con mi bolsa del delito y me acomodo la peluca ante la mirada asombrada del vigilante. De hecho que cumplo todos los requisitos del manual del sospechoso. ¡Con perra y con peluca!!! Hago mi trámite lo más rápido que puedo y recupero el peinado y la dignidad en cuanto vidrio encuentro en mi camino.

Regreso lo más rápido posible y ruego a todos los santos no encontrarme con nadie conocido… Voy pensando que a veces es mejor camina sola, que mal acompañada. Sobre todo en mi situación.


Gracias, Señor, por las anécdotas que le quitan solemnidad a la vida, que nos hacen reírnos de nosotros mismos. Sin ellas que aburrida sería la vida.

martes, 26 de febrero de 2013

Médula milagrosa

Acabo de regresar de mi control con el oncólogo. Superé todas las expectativas. De 56,000 mis plaquetas subieron a 370,000 en solo 4 días.

El doctor dice que el descanso me ha ayudado bastante, pero no hay que quitarle méritos a la sopa de cuy (con su quinua y sus garbanzos), al hígado frito, al vaso, a las lentejitas, el batido de plátano con miel de abeja, algarrobina y huevo, la quinua-avena para el desayuno y la noche… en fin.

Agradezco a todos los que han rezado por mía a los que han hecho la novena del Divino Niño o cualquier otra, a quienes me han alentado de una y otra forma para que resista y me recupere.
Hoy estoy feliz por esta buena noticia y porque ya puedo mirarme en el espejo sin asustarme. En cuestión de tres días se me cayó el 95% de mi cabello.

Primero parecía Gollum (el duende de El señor de los anillos, inmediatamente me puse un gorro a pesar del calor veraniego. Esta mañana parecía cocoliso porque todavía me quedaban unos cuantos rulos en el cerquillo, pero entre el análisis y la hora de mi cita con el oncólogo pasé por la peluquería.
 
Ahora estoy feliz, sin cabello pero con mi nueva peluca. He tenido que improvisar, pero ha quedado bastante bien. En estos días debo preocuparme por sacar mi colección de aretes y pañuelos para sentirme más femenina, más yo misma.

 Señor, gracias, muchas gracias por este milagro de vida, gracias por mi médula que responde a las dietas nutritivas y se repone con el descanso. Bendice a todos los ángeles que me cuidan y me hacen sentir tan querida. No los menciono pero tú sabes de quienes te hablo.

domingo, 24 de febrero de 2013

Un pelo en la almohada


Un pelo en la almohada, luego otro en la tina, un manojo entre las hebras del cepillo. Muchos más en el suelo, sobre la ropa. Donde quiera que vaya dejo mi rastro de cabello. Mi nuevo cabello más ensortijado y suave que nunca me está abandonando.

Hace unos días – justo el día 15 del tratamiento- me brotó un dolor generalizado en el cuello cabelludo, se sentía como si todos los folículos pilosos se hubieran abierto. Yo supe que era la señal. El peinado ya no arma.

No he tenido fuerzas de ir a la peluquería, no he podido encargar una nueva peluca. Solo he rescatado algunos pañuelos y mi turbante.

Ayer la caída fue más dramática, ya se nota espacios vacíos en diferentes partes de mi cabeza. Me sigue doliendo el cuero cabelludo. Está inflamado.

Me habían dicho que con esta medicina no se me caería tanto el cabello. Craso error. Esta vez parece que se me caerá todo  y en pocos días.

Me divierto haciendo montículos con mis rizos caídos. Me paso la mano por la cabeza y formo estas bolas de pelo que se van sin despedirse. No me da pena. No me preocupo por la belleza perdida. La belleza no me preocupa hace muchos días. Me preocupa mi salud.

Al contrario de Sansón, yo lanzaré un grito de guerra en cuanto me quede totalmente calva y me cargaré de fuerza para luchar.

Estoy empezando una nueva etapa, la de la visibilidad. “Sí tengo cáncer ¿y qué? Tal vez tú tengas pero no lo sabes”. Eso le diré mentalmente a la gente que me mire en las calles. Si no es para sonreírme  darme aliento, mejor que no me miren.

Me doy cuenta que estoy más furiosa que nunca. No creo que sea por la pérdida de mi cabello. Solo estoy furiosa. Quiero llorar.


Gracias, Señor, por las lágrimas que se llevan las tristezas, gracias por la furia que al final se transforma en serenidad. Gracias porque sigo viva y con fuerzas para luchar.

viernes, 1 de junio de 2012

¿Y dónde está mi cabello?

Mi cabeza lucía como un alfiletero hace un par de semanas, pero todavía no se cubre mi cuero cabelludo. Es más me parece que los cabellos que asoman son los que resistieron la quimio, pero ¿dónde están los otros? ¿No van a volver? ¿Son invisibles? ¿Se han vuelto a caer?

Ya no sé qué pensar de la recuperación de mi pelaje… Cuando terminé el tratamiento aun me quedaba el 30% de mis cejas y pestañas, pero ahora, en vez de haberse poblado nuevamente se han caído casi por completo.
Me pregunto si la dieta sin proteínas, que empecé hace 10 días tendrá algo que ver. La teoría del médico chino es que no hay que alimentar a las células cancerosas, por eso no debo comer  ningún tipo de hormonas sexuales ni de crecimiento. Es decir nada de proteínas provenientes del reino animal, y nada de soya. Así que le he dicho chau a la leche de soya, al queso y a los helados…

¿Le habré dicho chau a mis cejas y pestañas, también, sin darme cuenta?? Espero que no, pero mientras espero que regresen, me impaciento. La falta de pestañas realmente es molesta, el ojo te pica todo el tiempo.

Pero si he de hablar de las molestias, tengo que volver a mencionar mis pies. Curiosamente – no sé si también coincide con que estoy tomando las hierbas chinas-, los pies están más acalambrados que nunca. Se acalambran incluso cuando estoy con zapatillas. A veces me saco la zapatilla para ver si no tengo la media arrugada en la planta o algo así, pero no. Mis pies están acalambrados la mayoría del tiempo. La duda es si estoy recuperándola sensibilidad y por eso siento el acalambramiento o si se me están acalambrando más que antes.

Pero el invierno siempre ha traído consigo los calambres. Hace un par de noches, me despertó una sensación rara en mi brazo derecho, se había estrangulado con la manga del pijama y estaba adormecido desde el hombro hasta los dedos. Ese día pensé morir de dolor, pero la falta de sensibilidad en los dedos de la mano me salvó. Tomó su tiempo y mucho dolor que volviera a la normalidad.

Felizmente el estómago está de lo mejor, no tengo gastritis y voy al baño regularmente después de cada comida.  Entre la nueva dieta y las hierbas chinas ya no siento que necesito echarme a dormir después de comer y es como si tuviera más energía.

Lo único que me preocupa es que se me acabe el descanso médico. Ya me acostumbré a vivir sin trabajar. Me siento amenazada ante la posibilidad de volver a la rutina de antes. Aun no estoy lista a enfrentarla. Necesito más tiempo.


Gracias, Señor, por las hierbas chinas que están limpiando mi cuerpo y sanándome. Dame fortaleza para seguir la dieta y no caer en la tentación de romperla, y dame paciencia para esperar el tiempo necesario para volver a ver mi cabello en el espejo. Bendice a todos los que me apoyan de cerca y de lejos. Amén.




miércoles, 16 de mayo de 2012

Los pequeños placeres de la vida


El escritor chino Lin Yutang sostenía que uno puede considerarse afortunado si  come cuando tiene hambre, duerme cuando tiene sueño o se rasca cuando le pica. Esos pequeños grandes placeres son totalmente ciertos y nada mejor que un periodo de convalecencia bien llevado para disfrutarlos.

Yo le agregaría un par de  variantes en el caso de los pacientes oncológico:

1-Tumbarse cuando el cuerpo no te da más y abandonarte al ocio reparador sin remordimientos.
2-Rascarte el cuero cabelludo cuando te pica y descubrir que no se trata de brotes de caspa, ni de ninguna alergia o sarpullido, sino de tu nuevo cabello brotando por toda tu cabeza.

Desde la última semana me rasco la cabeza con indecencia, porque tengo comezón y por el simple placer de sentir que nuevamente hay vida bajo mi cuero (que fea palabra) cabelludo.  En cuanto surgió la sospecha de este milagro, me acerqué al espejo, prendí las luces del tocador, me puse los lentes de cerca y para mejores resultados tomé en mis manos el espejo de aumento que otrora usaba para depilarme. Y, sí, ahí estaba mi nueva cabellera asomando al mundo con fuerza. De perfil mi cabeza parece un alfiletero, pero no me importa. En un primer momento me asusté porque  no toda la superficie tenía folículos pilosos – me quedaré más calva que nunca, pensé- , pero no era así, casi imperceptibles brillaban mis canitas un tanto camufladas con la piel. ¡Qué alivio!

Después de cuatro meses de una depilación brasileña gratis e indolora voy a extrañar mi cuerpo exento de vellosidades. Estoy segura que mis axilas, pelvis,  bigote y patillas van a salir a la luz antes que mis pestañas y mis cejas y tendré que volver a preocuparme por la depilación con carácter de urgencia. ¡Pero será un gran placer!!!

Este idilio de mi cuerpo convaleciente va  llegando a su fin, espero que junto a las vellosidades y a mi nueva cabellera regresen también mis fuerzas, la energía que necesito para volver a la normalidad (si es posible hablar de normalidad, en mi caso).


Gracias, Señor, por haberme permitido disfrutar de la vida en esta etapa de convalecencia, de  los pequeños grandes placeres de alimentarte, descansar o, simplemente, rascarme cuando me pica. Realmente me siento muy afortunada.

jueves, 19 de abril de 2012

Políticamente incorrecta


Mi hermana mayor me acosa diciéndome ¿por qué no te pones la peluca! Yo no sé qué contestarle, no sé si lo hago por comodidad o porque me gusta mi imagen en el espejo con pañuelitos, turbantes,  gorritos o lo que fuera que se me antoja ponerme. Por lo menos píntate las cejas, fue su última advertencia, y en eso sí tenía razón. Con un buen retoque a las cejas se te va el aire de enferma. 

Por suerte, de toda mi cabellera lo único que queda son las patillas y eso también ayuda.

Cuando estuve de viaje fui feliz.  Como era primavera, en el día usaba un gorrito coquetón con quepí y en las noches me ponía una boina negra de paño. La gente pensaría que era una artista o un artista con quimio –¡adivinaron!-. Yo me sentía súper libre porque nadie me conocía. Acá en mi ciudad natal todo es diferente.

Hay que pensar en no asustar al prójimo, para evitar las explicaciones… El otro día llamó a mi casa una vecina que nunca nos habla, la verdad sea dicha del saludo no pasamos. Pero llamó para saber por mi salud. Dice que me vio y que el pañuelo se me había movido y supo inmediatamente que algo raro pasaba. Lo bueno es que se trata de una señora evangelista y está orando por mí. Se lo agradezco.

Creo que a mi hermana le molesta que luzca enferma porque soy una amenaza para sus temores. Ella fue la primera en tener cáncer de ovario hace 19 años y tuvo dos episodios al igual que yo, y, al igual que me pasó a mí antes de recaer, está por cumplir 14 años sana.

Me doy cuenta que soy un símbolo viviente de que el cáncer le puede dar a cualquiera, o de que puede volver a atacar y hay que estar alerta. Pero, además, soy un símbolo de que los enfermos de cáncer no parecen estar enfermos, de que los pacientes de quimio no se parecen a los pacientes de la Teletón.

Cuando estoy sin peluca me convierto en una presencia políticamente incorrecta para mi sociedad ignorante y temerosa. Y tal vez esa sea mi misión en esta vida…

El otro día estuve en Wong, fui con mi pañuelito y sin asco me coloqué en la caja preferencial. Como había poca gente a esa hora, delante de mí había una señora joven y perfectamente sana que empezó a dar signos de bochorno en cuanto me vio. He decidido aprovechar lo que me queda de tratamiento y estacionarme en el lugar reservado para minusválidos y ponerme en la cola preferencial en el banco, tenga o no peluca… Es mi derecho y es algo que debo aceptar, aunque todos me digan que me veo bien.

Ayer fui a buscar un colchón nuevo. Me había olvidado que tenía un pañuelito puesto- siempre me olvido que soy una presencia amenazante-. Cuando le expliqué al vendedor que buscaba un colchón firme pero no muy duro y luego de probar varios de los que tenían en exhibición sin éxito, interrumpiendo su discurso tecnológico con mis explicaciones que tengo un dolor en el área lumbar y que el súper relleno que me recomendaba me empujaba las costillas de abajo para arriba, comprendí que había metido la pata. Pobre vendedor, pensaría que tenía cáncer de huesos, porque yo personificaba a doña Dolores... Cómo explicarle que la última vez que compré un colchón me vi obligada a devolver los dos primeros que escogí alegando que no podía pagar tanto por un colchón de marca que me hiciera doler el cuerpo al extremo de no poder continuar durmiendo. Supongo que como al final terminé comprando el más caro de todos deben haber retirado  mi foto de la lista de indeseables en la tienda...

Visualicé mi propia imagen, con pañuelo en la cabeza, tirada sobre cada colchón que me recomendaban: de espaldas, de costado -¿existe otro modo de probar un colchón?- y me descubrí como una modelo de catálogo oncológico ...Ja,ja,ja, ja!!!! Al final me cotizaron el segundo más caro de la tienda y me fui dejando ilusionado al vendedor con la posible venta.

Por la tarde fui a hacer un trámite y la señora que me atendió fue por demás atenta, intervino a mi favor y dijo: las señora está un poco delicada.... yo sonreí  por dentro, me acomodé el pañuelo  y me pareció escuchar la voz de mi hermana impaciente diciendo ¿por qué no te pones la peluca!

Señor, bendice las cajas preferenciales, bendice a la gente amable y comprensiva que tiene gestos cálidos con los pacientes oncológicos. Protege,además, a las pacientes testarudas como yo que teniendo peluca, salen al mundo con su pañuelo delator.

miércoles, 11 de abril de 2012

Amo mi peluca


Hace un par de semanas salí del país por unos días, tenía un compromiso ineludible en los Estados Unidos. La fecha fue más que providencial, coincidía con la tercera semana de tratamiento, es decir con la semana en que tengo energías. No obstante estaba nerviosa.

El mismo día del viaje, mi oncólogo me recibió para revisar mis análisis, la hemoglobina estaba en 11 y los leucocitos en 4,000. “Todo bien”, me dijo, “puedes viajar”. Yo iba a viajar de todas maneras con mascarilla, tal vez con las defensas reforzadas por alguna vacuna o algo así. Pero no fue necesario.
Saber que al día 11 del tratamiento, en que se supone que tu cuerpo está al nivel más bajo de defensas, te digan que no estás tan mal me dio mucha fuerza para salir a cumplir con lo mío. Me fui feliz, orgullosa, sintiéndome fuerte –increíblemente fuerte.

Llevé una maleta pequeña y un bolso de mano tal vez más grande. Ahí llevaba todo lo importante: mi notebook, el cargador, las copias de mi ponencia, las cartas de invitación por si los gringos se ponían pesados, mis joyitas, mis medicamentos y, por supuesto mi peluca.

Había decidido viajar cómoda y además cuidar de mi nueva cabellera. Estaba recién peinada y yo no quería que los rulos naturales llegaran aplastados ¡De ninguna manera!

Pregunté si había que declarar la peluca por temas de seguridad, me dijeron que no, así que la empaqueté bien para que no se chancara y ¡listo!!

El personal de aduana en Lima fue muy discreto, me hicieron sacar todo, hasta la correa pero no el pañuelo que llevaba en la cabeza. Una oficial me palpó discretamente y al comprobar que no había pelo ni paquetes de droga ocultos bajo mi pañuelo turbante me dejó pasar sin problemas.

Confieso que esto de viajar con un pañuelo que te cubre la cabeza me dio una seguridad singular en lo que respecta a higiene, me sentía protegida: de piojos, microbios o lo que fuera (al final siempre me da asco apoyar mi cabeza donde otra persona ha tenido la suya durante horas).

Cuando llegué a mi destino la seguridad del aeropuerto se desquitó a gritos contra mi pañuelo y mi sangre latina. “¡MOM!!!! ¡MOMMM!!!”, gritaba el afroamericano. No me palparon el cráneo porque tienen un sistema de rayos X que te ven desnuda completamente. Felizmente mi peluca paso desapercibida en la maleta de mano y seguí mi camino.

Una vez ubicada en el hotel acomodé mi preciada cabellera en lugar preferencial y solo la usé el día de mi presentación. Así descubrí que con peluca no me reconocen o  con pañuelo no me reconocen, somos dos personas distintas. Bueno, la peluca  iba acompañada de ropa formal, detalle importante, valgan las verdades.

De vuelta a Lima, tuve que hacer trámites notariales casi de inmediato y ahí estaba mi peluca lista para ser usada. Una obra de arte ready-made (como decían los vanguardistas) pero mutante, porque la peluca será la misma, pero los rulos nunca se ven iguales.
Ayer tuve un compromiso y nuevamente me enfundé mi peluca. La peiné un poco y aunque rebeldes, sus rulos nunca son tanto como mi pelo original. En ese momento caí en cuenta que la peluca es una bendición. No me tengo que teñir las canas y  me hace lucir más joven porque desde mis tempranos treintas nunca he tenido tanto volumen de cabello.


Señor, bendice a las peluqueras que se queman los dedos tratando de darle mayor naturalidad a los rizos de mi peluca. Dales larga vida y una buena jubilación porque se lo merecen. Mi peluquera, mi confidente. Ella misma la lava, la seca, la prepara y me da ese look libre que hace que pueda sacarle más puestas que los peinados que con tanto esfuerzo lograba sobre mi pelo natural. Si supiera que la llevé escondida en la maleta, me mata.

Gracias, Señor por todas tus bendiciones.

sábado, 17 de marzo de 2012

Tercer día de la cuarta quimioterapia


El martes 13 no me enfrenté a Freddy Kruger ni a ninguna otro thriller cinematográfico, el mío era un realithriller. Lo primero fue recoger los resultados de la resonancia magnética y mantener la curiosidad hasta la cita con el doctor. ¡Imposible!!!

Me tomaron dos  RM una de abdomen superior y otra pélvica. La de abdomen superior comparaba mis resultados con la RM de diciembre, en la que me detectaron los nódulos peritoneales, pero la pélvica comparaba mis resultados con una supuesta RM  que me había tomado en el 2010… cosa que no era cierta. Se habían confundido con la RM que se hizo mi hermana (idénticos apellidos, nombres muy similares) en ese año. Al toque llamé, informé y corrigieron el informe. Salvo por ese detalle los resultados estaban OK.

Luego vino la cita con el doctor, tras el saludo cariñoso vino  la entrega de los resultados y los 10 minutos de ver al doctor revisando cada una de las imágenes (como 12 en total, con total concentración. El silencio hería.

“El tratamiento está funcionando” dijo, por fin, el doctor y, por fin, pude respirar. “La cosa es así”, continuó el doctor mientras hacía un dibujo en un papel, “tenemos un nódulo, aquí cerca del hígado, otro cerca al pulmón, otro cerca a un riñón y otro cerca a la vagina”. Este último era nuevo para nosotros porque era la primera vez que me tomaban un RM pélvica. Seguro que había estado ahí pero no lo teníamos detectado. “Lo bueno es que en el contraste se nota que ya ha bajado la actividad” y concluyó el doctor “seguiremos adelante con el tratamiento. Lo estás tolerando bien”.

Así que confirmamos mi cuarta quimio para el jueves. Yo aproveché el miércoles y fui a mi doctora bio-energética, le lleve los estudios y ella me  hizo una nivelación de energías, porque siempre hay bloqueos por la operación. Me dio nuevas gotas (flores de Bach) para ayudarme emocionalmente y me recetó tomar  infusión de Flor de arena, alternada chancha-piedra, porque la RM también señalaba un pequeño quiste en el riñón, que ella considera son arenillas producto de la intoxicación de tratamiento. Además me ha pedido que incorpore jugo de Crambrerrie a mi dieta y siga con el Noni.

La doctora te trata a un nivel holístico y respeta las indicaciones del oncólogo. Ella se alegró que la enfermedad esté en involución, me felicitó por estar haciendo planes para el futuro y me alentó a seguir escribiendo. “Tienes que cumplir tu misión”, me dijo alentadoramente.

Salí con las pilas recargadas y los chacras nivelados, lista para enfrentar mi cuarta quimio al día siguiente. Esa tarde aproveché para preparar mi puré de calabaza y hacer algunas compras necesarias para los próximos cinco días en que no tendré ganas de salir ni gastar mis energías en nada que no sea descansar.

Esta vez mi papá me acompañó a la quimio. Él entra y sale de la salita donde estamos siete pacientes cada uno en lo suyo y a la hora de su caminata diaria, se fue a conocer esa zona de Córpac que no le era familiar.  Mientras tanto a mí me ponían el suero, el protector gástrico la dexametasona, el remedio para las náuseas. Su regreso coincidió con el primer químico: el pacitaxel, todo bien hasta ese momento, dos horas después, se dio una vueltita nuevamente y le pedí  una vasito de agua. Hacía 10 minutos que me habían colocado el Carboplatino y se me había secado la garganta produciéndome una tos suave pero seca. Tomé el agua y justo llegó la señora de la cafetería con mi juguito de papaya con piña, le di un sorbo y vino la hecatombe.

Volví a tomar el agua, pero algo estaba mal. Sentí que los brazos me pesaban enormemente y una sensación rara similar a cuando uno está a punto de vomitar pero el cuerpo aun no se decide. Sin que yo tuviera conciencia de mis actos pronuncié tajantemente “Señorita, páreme esto que me estoy sintiendo mal”. Y cómo me verían que al toque pararon la sonda. Yo empecé a sudar frío y a explicarles lo que me pasaba. Felizmente estaba el doctor de guardia ahí en la sala, así que empezó a hacer preguntas “¿se le cierra la garganta?, ¿le falta el aire?”. “Respire hondo”. “Me pesan los brazos”, insistía yo. “Tengo una sensación aquí” y me toqué el pecho. “Su corazón está bien”, me contestó rápidamente el doc como en un juego de pin pon”. “Me voy a desmayar”, amenacé tratando de tirar el respaldar del sillón para atrás sin suerte. ”Su nombre completo…” “Miski Guerrera”. Luego empezó el dolor de un retorcijón  -“tal vez sea la presión de los gases sobre el diafragma” pensé- y con ayuda de mi papá aprovechamos un instante de no enfermeras y  me paré, yo quería caminar, ir al baño  pero al incorporarme sentí que mejor estaba sentada. Ahí fue que me pusieron algún corticoide y me monitorearon la presión con una especie de clip que te ponen en el dedo índice. Yo escuchaba a ratos que leían la cifras: “ochentitantos y todos parecían asustados, una enfermera me pincho un dedo y descartaron hipoglicemia . Yo seguía buscando una posición cómoda para controlar el dolor del retorcijón que torturaba. “Tengo que ir al baño”, dije porque sentía que  la premura era inminente. “Primero debemos que estabilizarla”, me indicó el doctor y entonces supe que no importaba si me hacía ahí mismo, porque sus preocupaciones eran mayores.

Como llamada por el Cielo, llegó mi hermana y me sentí más tranquila porque mi papá ya no estaba viviendo este episodio solo.

Entre toda esta confusión, me cambiaron de sillón, quizás para ponerme oxígeno, pero al movilizarme los marcadores  volvieron a “noventitantos… noventaiocho” y todo se sintieron más aliviados, incluso yo. Entonces me pusieron más corticoides  y me dijeron que esperaríamos un rato antes de continuar con el Carboplatino. Pero a los quince minutos dijeron que mi oncólogo había suspendido el tratamiento hasta el día siguiente. Eso me sorprendió pero me pareció muy sensato.

También sentí cierto alivio porque lo que sentí no había sido un invento de mis nervios- Aunque mi familia siga pensándolo contrario- ni un chucaque, como se dice por ahí.

Ayer, llegué a mi supuesta hidratación pero me tocó una larga jornada. Me volvieron a preparar para la quimio y esta vez me cambiaron el Carboplatino por Cisplatino, que era el químico que me colocaron hace 18 años. “Dios, bendice al Cisplatino, viejo amigo para que no me produzca ninguna reacción”, oré en silencio.

Mi oncólogo me confirmó que había hecho una reacción alérgica al Carbopaltino, pero que todo estaba bajo control.  Eso sí antes que nada me pusieron un Diazepam y cuando estaba  súper relajada empezaron con el químico, todo fue bien, felizmente. Entre sueños una pesadilla me atormentaba: ¿Qué pasaría si no resisto este quími…co? Pero no quería ni pensarlo.

Hoy debo salir corriendo para mi nueva sesión de hidratación, durará tres horas y nuevamente iré con mi papá, quien sigue siendo mi héroe número uno.

Señor, bendice a todos los médicos, a los oncólogos, al médico de guardia, a las enfermeras, a las auxiliares. Bendice a los familiares de los pacientes que con su sola compañía nos ayudan a sanar. Bendice, por último al Cisplatino, viejo amigo, que ahora recorre mi torrente sanguíneo con el Placlitaxel dispuestos a arremeter con las células malignas. ¡Y gracias, muchas gracias!!!

viernes, 9 de marzo de 2012

La banda del choclito al acecho


He estado muy ocupada estos días porque, conforme a mis planes, encontré la casita de mis sueños, así que me aventuré en una compra inmobiliaria. Arrebaté a otros compradores el inmueble y ofrecí el pago de arras. Fácil decirlo, pero a la hora de la verdad vinieron los problemas. Todos mis ahorros estaban en diferentes bancos, y la mayoría en soles, cuando el pago tenía que ser en dólares porque pagar al cambio me iba a salir muy caro.

Así que asesorada por la asesora inmobiliaria me fui a una casa de cambios y les pedí hacer la transacción en el banco. Pensé hacerlo en San Isidro, pero mi cuñado me consiguió un mejor tipo de cambio, así que me aventuré a Lince, donde me esperaba un emprendedor financiero de padres peruanos pero con nombre americano. Al principio pensé cambiar solo el monto de las arras, pero al ver que tendría que hacer este proceso una vez más para completar el pago de la  inicial, me decidí a comprar casi 30 000 dólares de un porrazo. Steve -así se llama el pata- me presentó a uno de sus secuaces – perdón, colaboradores- un moreno, quien me acompañaría al banco y haría el depósito en mi cuenta de dólares mientras yo retiraba el efectivo. Así, nos subimos al auto rumbo a un banco alejado donde no lo reconocieran como cambista. “Usted me llama cuando le entreguen el efectivo para ayudarle a contar”, me dijo mirando al frente mientras esperábamos en la cola.

Yo me acerqué al ventanilla y la cajera me preguntó “¿Se lo lleva en efectivo? Va a demorar unos quince minutos obtener el dinero. Tome asiento, yo la llamo” me dijo, mientras se quedaba con mi tarjeta y mi DNI. Me acerqué discretamente a mi acompañante y le entregué el número de mi cuenta en dólares para que hiciera el depósito, pero él insistía en no mirarme y decir “Aquí hay cámaras…”. 

Como no me llamaban, y él tampoco hacía el depósito. Le pregunté si desconfiaba o si las órdenes habían sido que primero yo retirara el dinero. Sonrió y, luego de evitar las cámaras, se animó a hacer la cola. Ya sabía yo que me iban a llamar justo cuando él estuviera ocupado y no me pudiera ayudar a contar el dinero.

Así fue. El moreno aun estaba en la ventanilla de al lado cuando me llamaron. La cajera me miró disimuladamente pero con insistencia. Sobre el escritorio tenía el dinero y una impresión de mis datos personales, mi foto y mi firma, para comprobar si yo era yo.  “Procedencia del dinero…??” “ Mis ahorros”. “¿Motivo del retiro…” “Voy a hacer una compra”. “¿Dónde trabaja…?”…

Finalizado el interrogatorio me retó: “¿Lo va a contar? Al tiempo que retiraba el fajillo que cubría los billetes. “Por supuesto” le contesté. Me pasó uno de los fajos. “20,000”, yo le retiré la liga y ¡PLOP!! Los billetes se iban por cualquier lado, yo contaba una y potra vez y cada vez me daba un resultado diferente… ¡Socorro!!! gritaba para mis adentros. “Y este hombre que me iba a ayudar a contar… #&@#%=&%!!!!!!!!”.

Pero el pobre moreno estaba siendo crucificado por la otra cajera, yo escuchaba que él le decía que era “asesor de ventas” y algo le recriminaba la cajera, que él estaba infringiendo algún reglamento… hasta que de pronto le preguntaron por el número de mi DNI. Yo imperturbable le extendí mi DNI al moreno que casi se desmaya. Entonces las cajeras intercambiaron miradas.

Cómo sería la situación que la cajera se ofreció a contar mi dinero, muy pausadamente de 25 en 25 para que yo pudiera observar. En eso estábamos pero yo no podía concentrarme. En mi mente reproduje la escena que protagonizábamos y  caí en la cuenta que el moreno y yo parecíamos dos secuaces de la banda del choclito. Yo con mi peluca pelirroja, no lucía igual a la foto de mi DNI y el moreno hablando cualquier cosa por no decir que era cambista.

No tengo idea cómo ni qué contestó el pobre hombre al interrogatorio, solo sé que la cajera terminó de contar los soles antes de que él pudiera retirarse de la ventanilla con el voucher del depósito en mi cuenta. Así que como broche de oro tuvimos que ocultarnos en el módulo para hablar por teléfono del banco y allí el moreno dio muestras de su habilidad para contar esos cuatro bodoques de dinero en tiempo récord.

Cuando salí del banco, me dolía la cabeza, no por temor a que me asaltaran sino porque estaba convencida de ser una integrante peligrosa de la banda del choclito. Seguro que mi foto ahora figura en alguna base de datos policial.

Señor, bendice a los cambistas honrados que son maltratados en la banca oficial, bendice también a todos los que me han ayudado con su buena voluntad para estirar mi dinero. Sobre todo a los de mi seguro, que sin haberme dado el pase, no podría afrontar esta compra. Dame fuerzas para aprender a confiar y no juzgar a la gente por su apariencia…aunque asusten...

sábado, 4 de febrero de 2012

El tercer día de mi segunda quimio


Gracias a Dios y a las muevas medicinas estoy perfecta. Tal vez sienta la digestión un poco lenta, pero nada más.  El primer día la sesión duró siete horas, pero todo bien. Mi oncólogo acostumbra que sus pacientes reciban una sesión de hidratación al segundo día de la quimio, te colocan un suero con el medicamento para proteger el estómago, luego te ponen la dexametasona y por último el protector gástrico.

A partir del tercer día tomo un Omeoprasol en ayunas y una pastillita para evitar las náuseas dos veces al día. Tengo que tomar dos litros y medio de líquidos al día y comer sano.
En la clínica a la que acudo, me encuentro con más mujeres que hombres. Los hombres pasan desapercibidos, las mujeres no. Algunas no tienen ningún signo físico de estar con tratamiento. Hay chicas regias (operadas de mama) que evidentemente llevan pelucas, van maquilladas, llevan su laptop y siguen su vida como si nada. Otras mujeres van totalmente peladas, a lo Sinead O´Connor, maquilladas y bien arregladas, las menos (deben sentirse un poco más abatidas) llevan su pañuelito o una peluca que ya necesita un retoque.

Yo me puse un turbante coquetón que me he comprado en Iñaqui, una tienda que queda en Bellísima, el centro de belleza de Marina Mora, así voy más cómoda.

Me ha llamado la atención que ninguna de las pacientes estuviera amarilla (como me puse yo hace 18 años) o pálida. La enfermera me dice que depende del tratamiento pero que ahora las drogas son mejores y no producen tantos estragos en el  hígado. Le pregunto si en el seguro social y en Oncosalud te ponen las mismas medicinas – me saco el clavo, por fin-, me informa que no, que te ponen genéricos, que aunque te curan no te evitan los estragos.

En ese momento, tomo la decisión de seguir pagando mi tratamiento en forma particular, si no me aprueba la cobertura mi seguro particular  (ya me han rechazado tres veces). Yo que he sobrevivido tantos años y sé lo que son los achaques post quimio y radio, no voy a escatimar en mi salud. Tengo que cuidar mis venas, cuidar mi hígado, mis riñones… todo mi organismo. Vale la pena reducir la intoxicación y los efectos secundarios.

El lunes tengo cita en el seguro, ahora sí van a conocer a Miski Guerrera, la afiliada que después de 18 años de sobrevivir al cáncer no le teme a nada.

Hoy he recibido una iluminación. Voy a  hacerme unas fotos para colocar en mi perfil del blog y para la carátula del libro que estoy preparando “Sueños y Sombras. Mi primera batalla”. Las fotos darán que hablar.

Gracias, Señor por este cuerpo luchador que recibe con alegría su quimioterapia, gracias por el apoyo de mis amigos y seguidores. Gracias por permitirme expresarme y compartir mis experiencias. Son mi mejor cura.

jueves, 2 de febrero de 2012

La peor parte: dar la noticia

Ayer me puse mi peluca nueva, con un corte envidiable, cerquillo lacio, sin mis clásicos rulos y castaña clara en lugar de mis habituales mechas rojas.

Me preocupaba mucho ir a mi clase con los niños y qué se dieran cuenta. ¿Se dieran cuenta de qué?? ¿De que tenía peluca? ¿O qué tenía cáncer?? 

Para disimular me puse mi pañuelito como siempre, pero el pelo estaba más largo, más lacio y de otro color…Ni bien entré todos me quedaron mirando y a boca de jarro me preguntaron: “¿Qué te has hecho?” A lo que yo les contesté: “Me cambié de pelo. Un día me gusta lacio, otro crespo, otro con pañuelo…” “Ah, tienes peluca” fue la conclusión y nadie volvió a preguntar nada más. ¡Uf!

Por la tarde, me reuní con un par de amigos, esta vez fui con la peluca y sin pañuelo. Me sentía con conflicto de identidad, pero ellos me dijeron: “¡Qué bien estás!” Yo no me sentía tan bien como ellos sostenían. “Son amables”, pensé. Y como me sentía horrible por no haberles contado nada hasta ese momento, les dije la verdad.

Casi tuve que recoger del piso a mi joven amigo, su enamorada lo tomó con más madurez, pero era evidente que él estaba punto de llorar como si estuviese viendo mi funeral.

Cuando le dije que el pronóstico era bueno y que ya era la tercera vez que enfrentaba este mal, se puso un poco mejor, pero su rostro seguía mostrando perplejidad.

Me sentí mala,  cruel por haberles dado este notición cuando nos tomábamos un heladito a media tarde. Me sentí bien porque convencí a alguien más que el cáncer no necesariamente te mata. Yo soy la prueba viviente.

Se los conté porque no haberlo hecho podría ser considerado una traición. Pase lo que pase, reaccionen como reacciones, mis amigos merecen conocer mi estado de salud. Mis enemigos, no.

Señor, te doy gracias por los ángeles que me envías a diario, los que te encuentran, te invitan un jugo y se ponen a  orar contigo con todas su alma. Bendícelos, señor. ¡Cólmalos de felicidad!

lunes, 30 de enero de 2012

Encarar la enfermedad

Desde el jueves pasado, a 15 días de mi primera sesión de quimio, el pelo se me está cayendo dejando a mis pies una alfombra de cabellos.

Como ya he pasado por esto antes, me corté el pelo chiquito, a lo Halle Berry, y he estado usando un pañuelito a modo de vincha para que la gente se vaya acostumbrando a mi nuevo look. Todos creen que me ha dado un ataque de coquetería porque aún tengo cabello y no estoy ni pálida ni amarilla.

Yo nunca tuve mucho pelo, es más siempre se me ha hecho un hueco en la raya del pelo y ese es mi punto débil. Sin embargo, hace 18 años mis pocos pelos fueron leales y no se me cayeron del  todo. Contra todo pronóstico mi cabellera se enraleció pero con un pañuelito era totalmente manejable. Esta vez me han puesto otro producto y aunque aun no tengo ningún hueco, hay peligro inminente de quedarme pelada.

El sábado llevé una peluca que me han regalado al salón donde me atiendo. Me la puse, me hicieron un corte para que se adapte a mi estilo y la dejé para que le cambien el color. Mañana la voy a recoger y tal vez salga de la peluquería con mi nueva cabellera. Será la primera vez que entre con el cabello corto y salga con el cabello más largo.

Entre tantos afanes, le contaba a mi hermana mis avances con la peluca, cuando mi sobrina de 13 años intervino: “No, tía, no. No te pongas peluca”. “¿Por qué no, si me voy a  quedar calva?” “No tía, es horrible”. Luego de reírnos y tratar de explicarle que estaba con un tratamiento que iba a hacer que se me cayera todo el pelo -pero que luego me iba a volver a crecer- ella interpretó que me estaba haciendo un tratamiento para que me saliera más pelo y me habló de unos tratamientos con lociones que no eran tan radicales.

¿Cómo decirle que el tratamiento no era un asunto capilar? ¿Cómo decirle que el tratamiento es porque tengo cáncer? ¿Cómo hacer que lo tome con naturalidad? ¿Cómo decírmelo a mí misma, primero? ¡Esa es la verdadera cuestión! ¿Cómo asumirlo con naturalidad? y ¿cómo contarlo a los demás sin quebrarme?

Al revés que Sansón, voy a perder la cabellera pero tengo que ganar fortaleza. Si artistas como Cher han aguantado tantas operaciones para estar REGIAS, yo puedo aguantar este pequeño trance para estar SANA.

Dios mío dame fuerzas para enfrentar mi nueva imagen en el espejo. Para seguir sintiéndome yo, y no perder la sonrisa. Bendice a Olimpia, mi peluquera, que con tanto cariño  se ha puesto a desenredar la peluca, a enseñarme como peinarla y que me ha ofrecido agregarle unos elásticos para que me den la seguridad de que no se me va a mover, si es que me quedo totalmente sin pelo. Bendice a mis amigas que me llaman y me dan aliento y que, sobretodo, se ponen a mi disposición para lo que necesite. ¡Cuídalas mucho!!